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------------------------- MAKY PRESS --------------------------- 
                -- noticias para internautas -- 
                 Año II. 2ª época, 13/05/2002 

ESPECIAL CONTRA EL CANON DE LA SGAE ________________________________________________________________
AL NUMERO ANTERIOR (553) AL NUMERO SIGUIENTE 

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Por favor, ¡pirateen mis canciones! por Ignacio Escolar
¿De qué se queja la Sociedad General de Autores?, por César Rendueles
________________________________________________________________ MILES DE INTERNAUTAS VENCEMOS A LA SGAE

La SGAE dijo: "El 13 de Mayo las emisoras no emitirán música y
las tiendas de discos taparán sus stands...
" Pero miles de
Internautas solidarios desde webs dedicadas a la música y a los
derechos de los Internautas han convertido el llamado Día Sin
Música de la SGAE en... EL DÍA DE LA MÚSICA INDEPENDIENTE. Esta
iniciativa de www.laganzua.net es posible gracias a Internautas
Libres como TÚ, a docenas de webs solidarias y a Ignacio Escolar,
que nos cede su jugoso artículo.


Por favor, ¡pirateen mis canciones! por Ignacio Escolar


Soy un músico con suerte. Mi grupo ha vendido, por los pelos, más
de 10.000 copias de su primer LP. En un mundo en el que Enrique
Iglesias coloca seis millones de CDs cantando así, esta modesta
cifra tampoco es para tirar cohetes. Pero si me aplicase tanto
como futbolista, jugaría en primera división y, si me dedicase a
la medicina con tanto éxito, sería neurocirujano. Durante un par
de semanas del mes de abril de 2000, uno de nuestros singles se
coló en el número diecisiete de las listas de ventas en España;
el número tres, si se contaba únicamente a los artistas
nacionales. Cada año salen 32.000 discos nuevos al mercado en
todo el mundo y sólo 250 convencen a más de 10.000 compradores.
Apenas el 0,7% de los músicos que han presentado disco el año
pasado (la gran mayoría no llega siquiera a grabar) es más
afortunado que yo.

Se pensarán que nado en dinero. O que, por lo menos, vivo
dignamente de mis habilidades musicales. ¿Cuánto cobra el 0,7%
con más suerte de su profesión? No les aburriré con cifras pero,
tras tres años de esfuerzos hasta conseguir ver mi LP en las
tiendas, sólo he ganado poco más de medio millón de pesetas (unos
2.800 US$) por venta de discos y derechos de autor. Apenas 14.000
pesetas al mes es lo que me ha rentado mi afortunada carrera
musical. Mi parte alícuota del local de ensayo –la garantía de
que mis vecinos no me echarán de casa por ruidoso– me sale por
seis mil pesetas al mes. Estas navidades quemé la mitad de mis
beneficios en un teclado nuevo, un capricho. Si tuviera un
gerente con facultad para vetar mis presupuestos, seguiría
tocando con el casiotone que me regalaron los Reyes Magos en
1986.

No culpo a la piratería de mi bancarrota. No a la de "sexo,
drogas y rock and roll" que aparece en el anuncio de pésimo gusto
con el que la SGAE (Sociedad General de Autores y Editores)
intentó concienciar a los melómanos de la necesidad de pasar por
su caja. Como la gran mayoría de los chiflados que malgastamos
nuestro tiempo en locales de ensayo y nuestro dinero en
instrumentos y amplificadores, prefiero la satisfacción personal
de saber que alguien se molesta en escuchar mi música a las
treinta pesetas que me tocan por cada copia vendida (la cuarta
parte si el disco está de oferta o es comprado durante una
campaña de televisión).

Si mi gerente, ese imaginario del que les hablaba antes, fuese
listo, estaría de acuerdo conmigo. Por cada concierto que doy,
gano, dependiendo del aforo y la generosidad del promotor, entre
15.000 y 60.000 pesetas limpias. Prometo que si acuden a alguno
de ellos, no les pediré una fotocopia del código de barras del CD
para entrar. Como todos los músicos que hayan hecho las cuentas,
sé que son más rentables 100.000 fans piratas que llenen mis
conciertos a 10.000 originales.

El mp3, Napster o Gnutella tampoco van a acabar con la música. Ni
con la mía ni con la de nadie. Les aseguro que, afortunadamente,
puedo prescindir de las 14.000 pesetas mensuales que generan mis
derechos de autor y mis royalties. A Metallica, y a cualquier
grupo superventas, la regla, aunque sus cifras sean mayores, le
vale igual. Dan mucho más dinero los conciertos, las camisetas y
los anuncios que un grupo de su fama puede grabar, que el royalty
(entre el 8 y el 15% del precio de venta a mayorista) que pagan
las multinacionales por disco vendido. Es cierto que las
compañías discográficas costean la grabación y la promoción de
los músicos, pero ¿conocen algún otro negocio en el que el
reparto entre los que aportan la idea y la mano de obra y los que
ponen el dinero sea tan desigual? Les confieso que no entiendo
las razones que movieron a Metallica y compañía a poner la cara
por sus patrones. Todo, para que sus fans se la partan, pacte
Dios con el Demonio y Napster pase de pirata a corsario. A mí se
me habría puesto cara de tonto.

La distribución gratuita de las canciones por Internet no
terminará con la creación musical, pero espero que sí lo haga con
los abusivos tratos que impone la industria discográfica. Y eso
que los 'juntanotas', con el tiempo, hemos mejorado bastante. Si
los pobres músicos de blues de los años cuarenta –esos a los que
el sello RCA (hoy, propiedad de Bertelsmann, el socio de Napster)
pagaba seis dólares y una botella de bourbon por grabar sus
canciones– oyesen los lamentos del batería de Metallica, Lars
Ulrich...

No puedo alegar que no sabía dónde me metía cuando hace un año y
medio firmé mi contrato con Universal Music. En aquella reunión,
un alto directivo de la compañía me resumió en una sola frase los
nueve folios del acuerdo: "Las discográficas somos un mal
necesario". No lo voy a negar. Sin ellas, mi grupo jamás habría
vendido 10.000 discos. Aunque estoy seguro de que sí hubiese
podido regalarlos.

nacho@meteosat.org es periodista. Colabora en www.gsmbox.es, en
el mensual GEO y se ocupa de "El Navegante", la sección dedicada
a Internet de Informativos Telecinco 1:30. Su trabajo remunerado
permite que iescolar@informativost5.com pueda pagar los teclados
y el bajo con los que toca en el quinteto Meteosat, un grupo de
Universal Music, la compañía de Metallica. Ambos correos
electrónicos los responde la misma persona y su nick en Napster
es redskai.

Los porcentajes de ventas de discos, entre otras muchas cosas,
están sacados del polémico artículo de Courtney Love acerca de
los desmanes de la industria del disco.

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Larga vida a nuestros amos! Reflexiones ante el "Día sin Música"
del 13 de mayo

Piratería ¿De qué se queja la Sociedad General de Autores?, por
César Rendueles

Según la SGAE la situación actual de la industria de la música se
parece a una especie de pogromo generalizado en el que luminarias
de la lírica patria como Luis Cobos, Ramoncín y Teddy Bautista
son sistemáticamente expoliados por unos cuantos bárbaros de tez
oscura que, bien armados de mantas y "tostadoras", parecen
dispuestos a destruir los cimientos de la civilización
occidental. En realidad, la salida a escena de la SGAE es un
movimiento perfectamente calculado en una compleja partida
monopolista que ocupa a la industria del disco desde hace años.
No es paranoia. Por mucho que algunos músicos se quejen de que ya
no tienen ni para pollo frito, lo que realmente está en juego en
la guerra del copyright son las nuevas posibilidades de
multiplicar las ganancias de la industria del disco gracias a la
mercantilización de Internet y la desfiguración del derecho de
autor tradicional. No es ya sólo que Sony se esté forrando
vendiéndonos tanto los CD's originales como las grabadoras, los
CD-R y los reproductores de MP3 sino que, pese a lo que se dice,
nunca los derechos de autor habían estado tan protegidos a
despecho del interés público. Así, el 20 de mayo -apenas una
semana después del "Día sin música" convocado por la Asociación
Fonográfica y Videográfica Española- entra en vigor el tratado
firmado en 1996 por la Organización Mundial de la Propiedad
Intelectual (OMPI), una legislación que da un giro profundamente
represivo a la situación precedente. Tampoco es casual que la
SGAE haga de vocero de la Mesa Antipiratería -un lobby dirigido
por las cinco multinacionales del sector con el aliño nacional de
PRISA-, se trata de una inteligente estrategia dirigida a
confundir a la opinión pública identificando dos asuntos tan
distintos como son la protección de la inversión y la defensa de
la propiedad intelectual. En otras palabras, Ramoncín y los suyos
pretenden hacernos creer que fotocopiar un libro es lo mismo que
plagiarlo. Se trata de una estrategia dirigida a desprestigiar la
libre circulación de ideas: de golpe la difusión generalizada de
información adquiere el perverso aroma a plagio que últimamente
acompaña la producción artística de los intelectuales orgánicos
del PP.

¿De verdad existe la propiedad intelectual?

En cierta ocasión, un antiguo alumno de una universidad galesa
con un convenio de intercambio con Tailandia me contó cómo los
estudiantes extranjeros tenían que pasar a su llegada por un
curso de adaptación dedicado prácticamente en exclusiva a
explicar los mecanismos bibliográficos de cita y referencia. Al
parecer los estudiantes tailandeses se mostraban perplejos ante
la curiosa costumbre occidental de atribuir a alguien la
propiedad de una idea. Igualmente, hace ya algunos años Sherrie
Levine, una artista muy influyente, obtuvo un gran éxito con una
exposición que consistía sencillamente en fotos de fotografías
clásicas. La crítica consideró unánimemente que su obra tenía una
gran... originalidad.

Creo que ambas historias sacan a la luz que, para desgracia de la
industria del copyright, ni la "propiedad" intelectual puede ser
una mercancía como las demás ni el derecho de autor se parece en
nada a una patente. Según la ideología dominante, la concesión
del monopolio en la explotación de ciertos desarrollos
tecnológicos (o sea, de una patente) se justifica en virtud del
supuesto incentivo a la competencia -y así a la innovación- que
conlleva. La idea de que algo parecido sucede con la creación
artística resulta sencillamente ridícula. Es obvio que la
renovación artística no se rige por la idea de la superación del
competidor por medio de una innovación tecnológica objetiva. Más
bien ocurre al contrario, como ha explicado Hobsbawm con gran
precisión, la creación artística está íntimamente ligada a la
comprensión, repetición y reelaboración de tradiciones muy
diversas. La tentación cripto-romántica de romper con todo, de
lograr la creación ex nihilo es un patético lugar común con el
que los más estúpidos artistas plásticos se empeñan en
mortificarnos periódicamente desde hace más de un siglo. En
cambio, los músicos siempre han sido algo más inteligentes. En la
música popular contemporánea -que a fin de cuentas no deja de ser
música tradicional- el concepto de novedad es sencillamente
relativo. Las estructuras del rock, del pop o de la música
electrónica son tremendamente rígidas. De hecho, quienes detestan
el punk suelen afirmar con pleno convencimiento que todas las
canciones son iguales y lo mismo les ocurre a quienes odian el
tecno o el jazz. Todo el mundo entiende que sería absurdo que
Robert Jhonson hubiera tratado de patentar la escala pentatónica
o que Lee Perry reclamara la propiedad intelectual del dub. Así,
cuando reconocemos a alguien la autoría de una canción de rock (o
de flamenco) a pesar de que ha sido realizada con unas pocas
notas que literalmente ya han sido recorridas miles de veces
(¿cuántas veces se ha compuesto "Louie-louie"?) lo que queremos
decir es que se ha sabido manejar bien con los elementos fijos de
una tradición, que ha sabido resolver alguna clase de problema
con los escasos elementos de los que disponía. Eso mismo es lo
que ocurre en filosofía donde, en rigor, apenas hay
descubrimientos. Durante los últimos 2500 años se ha reelaborado
cientos de veces la tensión entre realismo y nominalismo, el
debate entre idealismo y empirismo o la refutación del
escepticismo.

¿Para que sirve el derecho de autor?

Originariamente la restricción sobre la libertad individual que
suponía el derecho de autor se aceptó por sus efectos sociales
benéficos. Se consideraba necesario premiar a los empresarios con
el monopolio de la explotación de una propiedad intelectual a fin
de asegurar su distribución generalizada, ya que se requería una
gran cantidad de dinero para obtener una primera copia (por eso
la izquierda ha insistido tradicionalmente en la creación de
medios de comunicación estatales). En palabras de Richard
Stallman: "El sistema de copyright creció con la imprenta, una
tecnología para la producción masiva de copias. El copyright se
ajustaba bien a esta tecnología puesto que era restrictiva sólo
para los productores masivos de copias. No privaba de libertad a
los lectores de libros. Un lector cualquiera que no poseyera una
imprenta sólo podía copiar libros con tinta y pluma, y a pocos
lectores se les ponía un pleito por ello". Ahora la tecnología ha
cambiado y los mismos beneficios sociales se pueden obtener sin
conceder ningún monopolio del copiado pero, paradójicamente, las
leyes sobre copyright no han dejado de endurecerse. En efecto, la
industria trata de que el abaratamiento de la reproducción (una
ventaja social) se entiendan legalmente como un encarecimiento,
como una desventaja. En su opinión las leyes deben atender a sus
intereses privados y no al interés general determinado por las
posibilidades tecnológicas actuales. De hecho, un medio tan poco
sospechosos de estar contaminado por agentes del comunismo como
el Wall Street Journal afirmaba en 2000: "Las industrias del
copyright son los telares manuales del siglo XXI".

En realidad, se trata de un asunto estrictamente simétrico al del
paro. Al tiempo que la revolución tecnológica aumenta sin cesar
el ejército de reserva de mano de obra, políticos de todos los
signos mienten de mala manera asegurando disponer de soluciones
mágicas para el problema del paro. Lo que nadie parece dispuesto
a cuestionarse es qué proceso demencial ha llegado a convertir el
"paro" en un problema. Durante milenios los hombres se han
desesperado por la cantidad de trabajo al que tenían que hacer
frente para sobrevivir. Cuando por fin parece que podríamos
tomarnos un descanso alguien decide que los beneficios sociales
potenciales de la revolución industrial deben estar condicionados
al beneficio individual de unos pocos. La diferencia, obviamente,
es que mientras para cambiar las tornas en lo que toca al paro
hace falta una revolución, para cambiar las cosas en el mundo de
la música sólo se necesita un CD-R.

Pero, ¿no había excepciones al derecho de autor?

Según Richard Barbrook, de la Universidad de Westminster, "en las
primeras legislaciones del derecho de autor la propiedad de la
información era siempre condicional, nadie podía aspirar a tener
un derecho absoluto sobre la propiedad intelectual". Por el
contrario, se entendía que debía haber un equilibrio entre los
intereses sociales y la propiedad intelectual y que el derecho de
autor estaba sujeto a excepciones tanto en lo que tocaba a la
comunicación privada como cuando estaba en juego una actividad de
interés público (educación, investigación, expresión artística,
etcétera). Sin embargo, añade Barbrook, "a lo largo de las última
décadas, estas restricciones sobre el copyright han ido
desapareciendo paulatinamente".

En este sentido, el nuevo tratado de la OMPI ahonda en la
mercantilización de la cultura. En opinión de Séverine Dussolier -
del Centre de Recherches Informatiques et Droit de Namur- "se
está dando una inquietante evolución del derecho de la propiedad
intelectual que deja de ser un sistema dirigido a proteger las
obras de naturaleza creativa para convertirse en un sistema de
protección de la inversión". Dado que la evolución tecnológica
podría llegar a generalizar los beneficios sociales que las
excepciones protegían... ¡fuera con las excepciones! Lo
escandaloso no es tanto que las discográficas defiendan este
nuevo lecho de Procusto como que los gobiernos de todo el mundo
hayan acordado leyes represivas (muy especialmente en la Unión
Europea) mientras nos aburren con sus estúpidas soflamas en favor
de las "Nuevas Tecnologías" recién sacadas de algún cómic de
Flash Gordon. Cuando menos resulta paradójico que el gobierno del
PP convine su peculiar obsesión por dotar a todos los colegios
españoles de acceso a Internet (mientras, por cierto, las cifras
de analfabetismo funcional alcanzan niveles decimonónicos) con
las presiones a la Unión Europea para que se adopte una
legislación comunitaria sobre el copyright más restrictiva.

Pero, frente a las tesis de la Mesa Antipiratería, las leyes
también pueden reformarse desde un punto de vista más cercano a
las necesidades ciudadanas: no hay ninguna razón por la que el
intercambio de música en Internet no pueda considerarse como una
extensión razonable -dada la nueva situación tecnológica y su
finalidad no comercial- del derecho de comunicación privada. Para
ello es preciso insistir en que la propiedad intelectual no es
una mercancía como cualquier otra. Tal vez sea verdad que la
noción de "cultura" es una mortaja conceptual entreverada por
mitos freudianamente siniestros pero entre sus rasgos positivos,
desde luego, se encuentra la idea de que los hallazgos
intelectuales -la información, si así se quiere- pertenecen a la
colectividad. De ahí, por cierto, que la educación, la
investigación y las artes estén notablemente subvencionados con
los impuestos. Pero es que la excepcionalidad de las mercancías
intelectuales no es tan excepcional. La gente de izquierdas
llevamos más de un siglo insistiendo en que, por ejemplo, ni la
fuerza de trabajo, ni la vivienda ni, según Polanyi, el dinero
pueden ser mercancías como las demás. No decimos que no deban
serlo sino que no pueden serlo, que cuando unos cuantos dementes
se empeñan en llevar a cabo su utopía liberal lo único que se
consigue es una catástrofe económica... o cultural.

¿Autores o marcas registradas?

En cualquier caso, por mucho que se empeñen algunos en confundir
las cosas, hay evidentes diferencias entre la piratería comercial
a gran escala y el libre intercambio de información entre
usuarios. El primer fenómeno tiene que ver sobre todo con la
existencia de precios inflados debido a una práctica monopolista
(los vídeos piratas, sin ir más lejos, desaparecieron en cuanto
bajó el precio de los vídeos legales). Por eso no deja de tener
gracia que Teddy Bautista se niegue a hablar del precio de los
CD?s ya que, en su opinión, "el precio lo fija el mercado". En
realidad, el mercado discográfico es el ejemplo clásico de
oligopolio que aparece en todos los manuales de economía. En
otras palabras: el precio lo fija el mercado... siguiendo los
designios de cinco multinacionales. Y justamente una de las
características del oligopolio es la gran cantidad de recursos
publicitarios que las empresas tienen que destinar a crear una
marca comercial diferenciada y fomentar la fidelidad del cliente.
Así, como saben los fabricantes de ropa, lo que típicamente se
falsifica no es la prenda en sí sino una marca reconocible. Las
compañías musicales tratan a sus artistas como si fueran el
cocodrilo de Lacoste y, en consecuencia, los vendedores de discos
piratas se aprovechan ilícitamente de la inversión necesaria para
diferenciar a Cristina de Britney, a Mariah de Celine o a Enrique
de Ricky y para granjearse el favor comercial de una legión de
fans. Resulta difícil imaginar en qué sentido se parece esto a
compartir una canción en Internet o a copiarle a un amigo un
disco de MC5.

¿Para qué las multinacionales?

Lo que hay que plantearse es si realmente necesitamos a las
grandes discográficas. En realidad, hace ya tiempo que muchas
bandas respondieron en sentido negativo a esa cuestión y
obtuvieron resultados sorprendentes. Sin ir más lejos, Sociedad
Alcohólica vendió a principios de los noventa más de 5.000
ejemplares de una maqueta de música extrema que ni siquiera se
podía encontrar en las tiendas. La mayoría de los músicos sacan
mucho más dinero de los conciertos que de la venta de discos por
lo que una mayor difusión de sus canciones sólo les reportaría
ventajas. Por otro lado, las pequeñas discográficas que no buscan
enriquecerse podrían beneficiarse mucho de un menor control
monopolista del mercado. En cualquier caso, si no fuera así, si
efectivamente la nueva situación tecnológica supusiera la quiebra
para las pequeñas compañías de discos entonces habría que
plantearse medidas de ayuda para la reconversión de estas
empresas. Evidentemente a nadie se le ocurre que la crisis de la
minería del carbón se soluciona imponiendo el uso de trenes de
vapor y a todo el mundo le parece razonable que se subvencione la
reconversión industrial. Parece lógico que el estado se haga
cargo de los costes sociales parciales derivados de una mejora
generalizada, sobre todo porque podrían crearse multitud de
nuevos trabajos relacionados con la música aunque todas las
compañías cerraran. Sin ir más lejos, la creación de una red de
fonotecas y estudios de grabación públicos podría absorber a
muchos de los actuales empleados por las discográficas. En
cualquier caso, es importante entender que la defensa de la libre
circulación de la información y la defensa de la situación
laboral de los trabajadores del sector son dos cuestiones bien
distintas. Por eso resulta tan insultante la insistencia de la
industria del disco en afirmar que se limita a defender los
derechos de los eslabones más débiles de la cadena: los músicos
poco conocidos y los pequeños comerciantes. Resulta curiosa tanta
caridad tras décadas de expolio. En ese sentido, reconozco mi
perplejidad al comprobar como muchos autores se solidarizan
servilmente con sus patronos en vez de unirse para luchar contra
la explotación de las discográficas (que les pagan unos
porcentajes de ventas ridículos) o exigir, por ejemplo, que los
músicos tengan derecho al subsidio de desempleo y a una
jubilación digna. En fin, como cantaba Teddy Baustista en sus
años mozos: Get on your knees!

http://www.rebelion.org/cultura/cesar090502.htm

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