Mi muy admirado amigo:
El sistema postal que agradezco me hayas confiado, añorado
compañero de pupitre de aquellos antiguos tiempos de la escuela,
funciona correctamente, pero no puedo por menos que intentar
conseguir que él nos suministre unos pingües beneficios muy
superiores a los actuales. No veas en ello un intento de
enriquecer mi bolso ni el de aquellos que me acompañan en la
penosa y difícil tarea de atender este servicio postal de este
nuestro pais, Timolandia.
El servicio es muy rápido y eficaz. Considérese
que las mulas que efectuan el traslado entre
villas, aun teniendo sus buenos quince años,
mínimo, caminan con una velocidad más que
razonable. Es un infundio que la adquisición de
caballos jóvenes puede llegar a agilizar el
servicio. Estas nuestras mulas conocen tan bien
el camino y son tan queridas por todos que su
cambio podría representar una revolución y
además que es un pecado grave el intentar
alcanzar velocidades sólo limitadas a los seres
celestiales. Los humildes mortales fueron
dotados de dos piernas para que conforme al
divino mandamiento avancen a una discreta y
moderada velocidad. El uso del "ferrocarrí",
elemento diabólico e irracional, ajeno a la
idiosincrasia humana, tentación pecaminosa,
para el transporte del correo, tampoco puede
ser una buena alternativa. Quizá circule a una
mayor velocidad, a una obscena velocidad que
puede producir abortos y enfermedades
desconocidas, pero imagínese el problema que
puede representar esa abusiva celeridad para
los signos ortográficos y las cartas escritas
en fina letra, ¿cuántos se perderán en esa
loca carrera de esos monstruos satánicos negros
y llenos de fuego, humo y suciedad?
Esa estúpida crítica que circula por ahí en los ambientes
subversivos, que se creen tan modernistas, de qué malo es la
existencia de un monopolio para las postas, no tiene sentido alguno.
Imagínate el caos que podría representar que cualquiera pudiera
llevar las cartas, además en caballos o aun peor en ferrocarril,
y a menor precio. La chusma pensaría que no hemos intentado
mejorar nuestros sistemas de envíos, la plebe intentaría
contratar con cualquier otro. Aquellos de nuestros amigos que
nos suministran a un razonable precio los arneses, las sacas, las
caballerizas, el pienso, perderían su negocio. Y nosotros..¿ qué
sería de nosotros?
Yo abogo, eso sí, por reducir el número arrieros, muleros,
jinetes, cuidadores de establos, reparadores de carros,
fabricantes de sacas y bolsos existentes para reducir gastos,
pero sin disminuir en modo alguno los reales que cobran los altos
responsables. Esto nos permitiría recortar los elevados costes. El
reducir el personal bajo, no incidirá en nuestro servicio,
piénsese que nuestras queridas mulas conocen el camino, podrían
ir solas, incluso comer solas... para que luego piensen estos
insensatos que unos caballos nuevos amejoraría los servicios.
Debo apostillar en la conveniencia de pagar adecuadamente,
generosamente, a ese grupo de privilegiados dirigentes que forman
mi equipo. Propongo para ellos el regalo de unos útiles,
ingeniosos y elementales juguetes de caucho, redondos y con una
encomiable capacidad de bote, conocidos como pelotas, que les
proporcionará unos agradables momentos de distracción en su
manejo, haciendo de ellos, clase dirigente tan moral y digna,
expertos manipuladores con sus elegantes pelotazos.
Es menester, en todo caso, el elevar los precios requeridos para
formalizar los envíos. Eso sí que no admite discusión alguna.
Esta es la gran ventaja de no admitir intrusos desconocedores de
este trabajo. Podremos cobrar más sin que exista posibilidad
alguna de rebelión o disputa. La verdad es que el pueblo llano se
cree con derecho a objetar o a censurar. Pero por favor, ¿cómo
seres tan inferiores podrán levantar no ya la voz, sino la
mirada? Esforzándonos nosotros por llevar sus envíos, sus cartas,
sus paquetes y ellos ingratos, injustos, groseros reclamando que
lleguen rápidamente.
Y es que este aumento que propongo técnicamente no podría ser
así considerado. Esta idea que te propongo y que someto a tu
siempre perspicaz ingenio consiste en cobrar por el tiempo que
tenemos sus cartas o paquetes. Pienso que si sus envíos tardan no
ya un día sino tres o cuatro, podríamos cobrarlos en justicia a
tantos céntimos el día. Y es que sería correctísimo... si
cuidamos de sus fardos y escritos más tiempo, más debemos cobrar.
Y me surge aquí otra reflexión conveniente y de enjundia. Esa
petición así mismo ridícula de aumentar el tamaño de las alforjas
para que quepan más correos en las mulas me parece estúpida. Esas
mulas no pueden llevar más peso dada su avanzada edad y además si
se pierden algunos envíos podría ser considerado como
catástrofe.
Me resulta asaz extraña y ciertamente desazonadora esa actitud
tan tumultuosa y pecaminosa de algunos de los villanos que han
decido constituir un grupo que supuestamente se definen como
defensores de los derechos de los ciudadanos. Es intolerable que
pidan una tarifa única mensual, plana llaman en su ignorancia, de
3000 céntimos para poder enviar todas las cartas y paquetes que
deseen. ¿Dónde se ha visto tamaño atrevimiento? Definitivamente el
pueblo se está sublevando vanamente e incurriendo en penosas
actuaciones que en nada conducen a una adecuada forma de
gobierno, donde nuestro cometido cada día es mas difícil.
Amable amigo, te deseo un feliz comienzo de año. 1900, año en que
a pesar de los agoreros y siniestros profetas, nuestro servicio
postal generará más beneficios y seguramente prestará un servicio
acorde y suficiente.
Fdo: Crescenciano Villagorda.
Marqués del Pelotazo.