Al día siguiente, al alba, Tzok reunió a sus cazadores más avezados para
hacerles partícipes de la nueva estrategia. Ante la sorpresa de sus hombres les
dijo que no debían bajar al valle, a los bebederos, etc. a buscar huellas de
hervíboros. Esta directiva causó estupor y ciertas protestas. ¿Cómo iban a
localizar a sus presas? ¿Por casualidad? ¿Vagarían sin rumbo fijo hasta toparse
con un buen animal?.
Tzok exigió silencio hasta que terminara de exponer sus ideas, con la promesa de
que luego escucharía las disensiones.
Lo que debían hacer nada más abandonar el poblado era dispersarse en pequeños
grupos y aguzar el oído hasta que alguien oyera los ladridos/aullidos que
delataran la lucha de alguna jauría de perros atacando una presa. De esa manera
podrían andar más rápidamente sin seguir huellas a veces tenues, difuminadas,
que les obligaban a volver una y otra vez sobre sus pasos o a perderlas
definitivamente al ser borradas por los elementos atmosféricos.
No habían andado demasiado cuando un cazador hizo señales al resto del grupo
para que se dirigieran a un determinado lugar. Una vez reunidos contemplaron un
espectáculo sangriento y salvaje. Unas docenas de perros con las fauces
babeantes y los colmillos brillando al sol tenían acorralado a un magnífico
ejemplar de bisonte. Algunos intentaban hacer presa en las patas, otros, más
osados, se atrevían a saltar sobre el poderoso cuello y al parecer todos
llevaban la peor parte. Algunos canes yacían inertes en el suelo eviscerados por
los cuernos del animal. Otros lamían lastimeramente sus heridas. Los atacantes
volaban literalmente por los aires impulsados por cuernos y patas del bisonte.
Tzok sonrió. Tenían una pieza acorralada imposibilitada de huir por el acoso de
los perros y ellos se habían aproximado tranquilamente sin merecer la atención
de los contrincantes.
Con gestos distribuyó a sus hombres, que a una señal lanzaron sus dardos contra
la enorme mole del animal. Algunos, más arriesgados, se acerccaron a hundir sus
jabalinas de largas hojas en puntos vitales de la anatomía del bisonte, y éste,
después de un traspiés cayó fulminado.
La reacción de los perros fue inmediata, lanzándose ávidos sobre el cadáver de
la bestia. Tzok lo tenía previsto y un grupo de los suyos les alejó mantenié
ndoles a raya mientras los expertos comenzaban a descuartizar al animal.
Había odio en la mirada de los perros. Estaban convencidos de que aquella presa
era suya y querían recuperarla a toda costa. Las armas largas de los cazadores
les mantenían a raya con dificultad. Tzok se dio prisa por sacar las vísceras
del animal lanzándolas lo más lejos que pudo y en varias direcciones. En
segundos los perros se lanzaron sobre tan inesperado festín dejando de acosar a
los humanos.
Ya descuartizado el bicho cada uno cogió un trozo para transportarlo al poblado.
Los perros, terminado el aperitivo, les seguían exigiendo una mayor parte del
botín. Tzok estaba preparado y de vez en cuando les arrojaba algun trozo de poco
valor para él, de modo que mientras los canes peleaban entre ellos por la
posesión del alimento, ellos caminaban de modo más expedito.
Así llegaron al poblado, más temprano que de costumbre y apenas cansados por la
jornada, disponiéndose a dar buena cuenta de la caza. Al final de la cena viendo
que los perros habían acampado en los alrededores, les obsequió con los restos
del banquete.
Esta situación se prolongó durante siglos, estableciendo las nuevas relaciones
entre las dos especies, pero conservando cada uno su estatus de antagonistas y
adversarios aunque cooperantes en ciertas ocasiones y vivían unos cerca de los
otros pero sin mezclarse en absoluto. Esta situación evolucionó como
próximamente veremos.