A la mañana siguiente y al alba, como de costumbre, Tzok se incorporó
rápidamente y se asomó al exterior para inspeccionar el entorno y ver si los
centinelas estaban en sus puestos. Algunas mujeres habían avivado el fuego donde
asaban algunos alimentos al mismo tiempo que disponían de las frutas que iban a
servir para reponer energía a los miembros de la tribu.
Tzok se dio cuenta de inmediato de que los perros habían desaparecido.
Recorrió el centenar de metros donde por última vez había visto a la jauría
comprobando que habían dado buena cuenta de los huesos proporcionados por su
gente la noche anterior.
Con una agilidad felina se encaramó en una roca y desde allí divisó a los
perros más rezagados de la manada. A voces alertó a los cazadores para que se
dispusieran a partir de inmediato. Esta vez caminaban tranquilos, sin otra
preocupación que seguir a los perros que correteaban olfateando el rastro dejado
por algún animal. No pasó mucho tiempo hasta que se escucharon los primeros
ladridos que ellos ya sabían interpretar. No aceleraron el paso, no necesitaban
llegar hasta que los perros hubieran hecho su labor. La historia se repitió casi
paso por paso como en el día anterior. Esta vez habían topado con una manada de
bisontes de los cuales ya tenían acorralado a un hermnoso ejemplar.
Y así la historia se repitió una y otra vez. No obstante, las relaciones
humanos/perros aunque habían cambiado se mantenían distantes. Cada uno tenía su
misión y la cumplía pero no se permitían injerencias de ningún tipo.
De todas maneras Tzok se había percatado de que, de modo indirecto, la
relación con los perros les había traído nuevos beneficios. Una de sus mayores
preocupaciones desde que ostentaba el cargo de jefe de la tribu era la de velar
por la seguridad de sus miembros durante la noche. Era consciente de la
indefensión a que se veían sometidos en la oscuridad ante cualquier ataque aun
proviniendo de animales pequeños, poco peligrosos durante el día. De poco
servían las armas si los los que las empuñaban no veían. Todas sus medidas eran
defensivas. Las cuevas estaban situadas en lugares casi inaccesibles, tapaban
con grandes rocas las entradas, disponían de centinelas alertas a dar aviso y a
enarbolar antorchas encendidas ante el barrunto de algún merodeador.
Pero desde que los perros acampaban cerca, los animales pequeños ni se
acercaban y cuando algún gran felino, lobo, oso u otro depredador peligroso se
acercaba, los perros armaban tal escándalo que alertaban a todos los habitantes,
formando incluso una barrera defensiva que disuadía a los depredadores de seguir
adelante.
Poco se imaginaba Tzok cuáles serían las relaciones hombre/perro con el
transcurso de los siglos. Los arqueólogos saben que durante muchos, muchos años
los huesos de nuestros ancestros se encontraban en sus asentamientos, mientras
que los de los perros estaban siempre a cierta distancia. Pero un día
encontraron indicios de un poblado prehistórico donde se mezclaban huesos
humanos y caninos. ¿Cómo pudo suceder? Quiza nuestra imaginación pueda arrojar
luz sobre los hechos.
Las tribus habían salido de las cavernas. Su poblado estaba compuesto por
cómodas cabañas en una planicie, al lado del riachuelo que les suministraba agua
en abundancia para cubrir todas sus necesidades.
A media mañana Itmah, una niña adolescente se acercó al arroyo con una vasija
para transportar agua a la cabaña. Tras unas matas oyó un leve susurro, como un
lamento, un inicio de lloro. Se acercó, conteniendo la respiración. No le era
familiar aquel sonido. Levantando unas ramas vio unos animalitos que apenas
podían abrir los ojos. Eran peludos, regordetes, y sus naricillas se esforzaban
en captar los efluvios de la recién llegada. De repente se dio cuenta de que
eran cachorros, cachorrilos de perro. Venciendo la natural prevención sentida
por esa especie, extendió su mano para acariciarlos. Uno de ellos se lanzó
ávido, succionando el dedo que se le acercaba. Por su aspecto hacía tiempo que
no era amamantado. Tal vez su madre no regresó nunca de una incursión de caza.
Parecían suplicantes, necesitados de afecto. Itmah los aupó a su regazo. Los
gruñidos de satisfacción al verse acogidos en un seno cálido y palpitante,
rompió definitivamente los tabúes que Itmah guardaba hacia los canes. Con sumo
cuidado los acogió entre sus brazos dispuesta a llevarlos al poblado,
abandonando la vasija junto a la madriguera. Durante el camino les habló, siendo
recompensada por los lamentones que los cachorrilos dispensaban a su piel
desnuda y cálida.
La acogida de su madre fue tremenda ante tanta osadía, ya se encargaría su
padre, a la vuelta, de poner las cosas en su sitio. Y no solo el padre, el
asunto trascendió al consejo de notables. Nadie hasta el momento había osado
introducir en su habitat miembro alguna de la especie competidora. El principio
de colaboración se mantuvo durante siglos, pero las fronteras nunca habían sido
traspasadas.
El consejo debatió el peligro que suponía introducir en el poblado los
cachorros que a buen seguro al crecer se pondrían de parte de su raza, como
infiltrados que sólo males podrían acarrear. Auguraban el peligro que supondría
tener a aquellas fieras en el poblado donde los bebés acostumbraban a jugar
solos y seguros.
Mal se le ponían las cosas a Itmah, pero no estaba dispuesta a renunciar al
placer de sentirse necesitada por aquellas criaturillas que agradecían cada
gesto con su lengua, con su ronroneo, con los delicados mordisquillos en la piel
desnuda. Su deseo maternal se despertó y de ahí sacó fuerzas para oponerse y
plantarse rotundamente ante los cazadores de mirada hosca y gesto feroz.
Tal fue la vehemencia de Itmah al exponer sus ideas que logró un acuerdo
aunque fuese temporal. Conservaría a su cuidado los cachorros durante seis
meses. Transcurrido ese período, si al pasar a ser adultos manifestaban
cualquier animosidad contra los humanos, serían expulsados del poblado para que
se unieran a los de sus especie.
Itmah se dio por satisfecha con la resolución y en los días posteriores no
hizo otra cosa que alimentarles, jugar con ellos y colocarles en un lugar
calentito donde pasar la noche.
Transcurrieron los días, los cachorros iban creciendo y acompañaban a Itmah en
todos sus desplazamientos, sin molestar a nadie, al contrario, eran sociables y
agradecidos con cualquiera que les proporcionase una caricia.
A los seis meses eran unos magníficos ejemplares de perros en toda su plenitud
física. Parecía un milagro y nadie se explicaba la conducta de los perros. Se
habían integrado plenamente con la comunidad humana, no se les ocurría robar
comida, sino que esperaban pacientemente a que alguien les alimentara,
agradeciendo con todo tipo de zalamerías a quien le daba de comer. Es más, se
enfrentaban con denuedo a aquellos de su raza que abusaban de la proximidad de
los humanos. Ya no había que montar guardia por la noche, ellos eran los
encargados de esta misión relevando a los humanos de esta obligación. Reunido el
consejo de notables, decidieron incorporar más cachorros a la comunidad tras
comprobar la fidelidad y los buenos servicios que los perros "domésticos" les
proporcionaban. A partir de entonces en los yacimientos arqueológicos se
encuentran osamentas de humanos y perros mezclados.
Desde entonces la influencia de los perros en el desarrollo de la humanidad ha
sido incalculable. Han proporcionado defensa de las personas y sus posesiones
frente a depredadores tanto animales como humanos, ayuda en la búsqueda de
alimentos y en el transporte, seguridad en las expediciones, ayuda inestimable
en el pastoreo cuando el hombre se hizo sedentario, y un sinfín de prestaciones
que nunca serán suficientemente loadas.
Podríamos concluir que sin esta especial relación con el perro la raza humana
hubiera sobrevivido -la inteligencia es un arma poderosa- pero hubiera sufrido
siglos de retraso y seguramente a finales del siglo XX no estaríamos donde
estamos.
Hoy no necesitamos del perro para desarrollarnos y sovbrevivir, hemos llegado
a ser tan fuertes que no necesitamos ayuda de nadie, pero los perros, a
millones, pueblan nuestros hogares como reminiscencia de los milenios en que en
gran parte dependimos de ellos. No obstante su aportaciones continuan siendo
inestimables, preguntemos si no, a los pastores cuya labor sería casi imposible
sin su colaboración, a los encargados de reastrear y salvar vidas humanas en las
catástrofes, a los guardianes de haciendas, a las personas solitarias que
encuentran en ellos amistad y compañía denegadas por seres de su misma especie.
Cuando surgen noticias como las de los últimnos días en que un perro ha
atacado a humanos con resultado de muerte, la ira -comprensible- se ha apoderado
de sectores de personas que de un plumazo prtenden eliminar físicamente por lo
menos a ciertas clases de perros, olvidando o desconociendo la historia de su
relación con la humanidad y culpando, por defecto, a quien es inocente, el can,
sin analizar el papel que en los acontecimientos ha tenido el verdadero
responsable, el humano.
Esto sería objeto de otro debate al que están invitados los amables lectores,
cuyas aportaciones serán bien recibidas.