Villanos.net El Villano
- la revista de villagüeb -
Tzok (y III)
El Villano
Jom
Buscar
Editorial
Suscripción
Trastero
Kiosco
Top
E-mail
Actualidad
Villagüeb
Navegando
Técnicas
Opinión
CajónDeSastre

A la mañana siguiente y al alba, como de costumbre, Tzok se incorporó rápidamente y se asomó al exterior para inspeccionar el entorno y ver si los centinelas estaban en sus puestos. Algunas mujeres habían avivado el fuego donde asaban algunos alimentos al mismo tiempo que disponían de las frutas que iban a servir para reponer energía a los miembros de la tribu.

Tzok se dio cuenta de inmediato de que los perros habían desaparecido. Recorrió el centenar de metros donde por última vez había visto a la jauría comprobando que habían dado buena cuenta de los huesos proporcionados por su gente la noche anterior.

Con una agilidad felina se encaramó en una roca y desde allí divisó a los perros más rezagados de la manada. A voces alertó a los cazadores para que se dispusieran a partir de inmediato. Esta vez caminaban tranquilos, sin otra preocupación que seguir a los perros que correteaban olfateando el rastro dejado por algún animal. No pasó mucho tiempo hasta que se escucharon los primeros ladridos que ellos ya sabían interpretar. No aceleraron el paso, no necesitaban llegar hasta que los perros hubieran hecho su labor. La historia se repitió casi paso por paso como en el día anterior. Esta vez habían topado con una manada de bisontes de los cuales ya tenían acorralado a un hermnoso ejemplar.

Y así la historia se repitió una y otra vez. No obstante, las relaciones humanos/perros aunque habían cambiado se mantenían distantes. Cada uno tenía su misión y la cumplía pero no se permitían injerencias de ningún tipo.

De todas maneras Tzok se había percatado de que, de modo indirecto, la relación con los perros les había traído nuevos beneficios. Una de sus mayores preocupaciones desde que ostentaba el cargo de jefe de la tribu era la de velar por la seguridad de sus miembros durante la noche. Era consciente de la indefensión a que se veían sometidos en la oscuridad ante cualquier ataque aun proviniendo de animales pequeños, poco peligrosos durante el día. De poco servían las armas si los los que las empuñaban no veían. Todas sus medidas eran defensivas. Las cuevas estaban situadas en lugares casi inaccesibles, tapaban con grandes rocas las entradas, disponían de centinelas alertas a dar aviso y a enarbolar antorchas encendidas ante el barrunto de algún merodeador.

Pero desde que los perros acampaban cerca, los animales pequeños ni se acercaban y cuando algún gran felino, lobo, oso u otro depredador peligroso se acercaba, los perros armaban tal escándalo que alertaban a todos los habitantes, formando incluso una barrera defensiva que disuadía a los depredadores de seguir adelante.

Poco se imaginaba Tzok cuáles serían las relaciones hombre/perro con el transcurso de los siglos. Los arqueólogos saben que durante muchos, muchos años los huesos de nuestros ancestros se encontraban en sus asentamientos, mientras que los de los perros estaban siempre a cierta distancia. Pero un día encontraron indicios de un poblado prehistórico donde se mezclaban huesos humanos y caninos. ¿Cómo pudo suceder? Quiza nuestra imaginación pueda arrojar luz sobre los hechos.

Las tribus habían salido de las cavernas. Su poblado estaba compuesto por cómodas cabañas en una planicie, al lado del riachuelo que les suministraba agua en abundancia para cubrir todas sus necesidades.

A media mañana Itmah, una niña adolescente se acercó al arroyo con una vasija para transportar agua a la cabaña. Tras unas matas oyó un leve susurro, como un lamento, un inicio de lloro. Se acercó, conteniendo la respiración. No le era familiar aquel sonido. Levantando unas ramas vio unos animalitos que apenas podían abrir los ojos. Eran peludos, regordetes, y sus naricillas se esforzaban en captar los efluvios de la recién llegada. De repente se dio cuenta de que eran cachorros, cachorrilos de perro. Venciendo la natural prevención sentida por esa especie, extendió su mano para acariciarlos. Uno de ellos se lanzó ávido, succionando el dedo que se le acercaba. Por su aspecto hacía tiempo que no era amamantado. Tal vez su madre no regresó nunca de una incursión de caza. Parecían suplicantes, necesitados de afecto. Itmah los aupó a su regazo. Los gruñidos de satisfacción al verse acogidos en un seno cálido y palpitante, rompió definitivamente los tabúes que Itmah guardaba hacia los canes. Con sumo cuidado los acogió entre sus brazos dispuesta a llevarlos al poblado, abandonando la vasija junto a la madriguera. Durante el camino les habló, siendo recompensada por los lamentones que los cachorrilos dispensaban a su piel desnuda y cálida.

La acogida de su madre fue tremenda ante tanta osadía, ya se encargaría su padre, a la vuelta, de poner las cosas en su sitio. Y no solo el padre, el asunto trascendió al consejo de notables. Nadie hasta el momento había osado introducir en su habitat miembro alguna de la especie competidora. El principio de colaboración se mantuvo durante siglos, pero las fronteras nunca habían sido traspasadas.

El consejo debatió el peligro que suponía introducir en el poblado los cachorros que a buen seguro al crecer se pondrían de parte de su raza, como infiltrados que sólo males podrían acarrear. Auguraban el peligro que supondría tener a aquellas fieras en el poblado donde los bebés acostumbraban a jugar solos y seguros.

Mal se le ponían las cosas a Itmah, pero no estaba dispuesta a renunciar al placer de sentirse necesitada por aquellas criaturillas que agradecían cada gesto con su lengua, con su ronroneo, con los delicados mordisquillos en la piel desnuda. Su deseo maternal se despertó y de ahí sacó fuerzas para oponerse y plantarse rotundamente ante los cazadores de mirada hosca y gesto feroz.

Tal fue la vehemencia de Itmah al exponer sus ideas que logró un acuerdo aunque fuese temporal. Conservaría a su cuidado los cachorros durante seis meses. Transcurrido ese período, si al pasar a ser adultos manifestaban cualquier animosidad contra los humanos, serían expulsados del poblado para que se unieran a los de sus especie.

Itmah se dio por satisfecha con la resolución y en los días posteriores no hizo otra cosa que alimentarles, jugar con ellos y colocarles en un lugar calentito donde pasar la noche.

Transcurrieron los días, los cachorros iban creciendo y acompañaban a Itmah en todos sus desplazamientos, sin molestar a nadie, al contrario, eran sociables y agradecidos con cualquiera que les proporcionase una caricia.

A los seis meses eran unos magníficos ejemplares de perros en toda su plenitud física. Parecía un milagro y nadie se explicaba la conducta de los perros. Se habían integrado plenamente con la comunidad humana, no se les ocurría robar comida, sino que esperaban pacientemente a que alguien les alimentara, agradeciendo con todo tipo de zalamerías a quien le daba de comer. Es más, se enfrentaban con denuedo a aquellos de su raza que abusaban de la proximidad de los humanos. Ya no había que montar guardia por la noche, ellos eran los encargados de esta misión relevando a los humanos de esta obligación. Reunido el consejo de notables, decidieron incorporar más cachorros a la comunidad tras comprobar la fidelidad y los buenos servicios que los perros "domésticos" les proporcionaban. A partir de entonces en los yacimientos arqueológicos se encuentran osamentas de humanos y perros mezclados.

Desde entonces la influencia de los perros en el desarrollo de la humanidad ha sido incalculable. Han proporcionado defensa de las personas y sus posesiones frente a depredadores tanto animales como humanos, ayuda en la búsqueda de alimentos y en el transporte, seguridad en las expediciones, ayuda inestimable en el pastoreo cuando el hombre se hizo sedentario, y un sinfín de prestaciones que nunca serán suficientemente loadas.

Podríamos concluir que sin esta especial relación con el perro la raza humana hubiera sobrevivido -la inteligencia es un arma poderosa- pero hubiera sufrido siglos de retraso y seguramente a finales del siglo XX no estaríamos donde estamos.

Hoy no necesitamos del perro para desarrollarnos y sovbrevivir, hemos llegado a ser tan fuertes que no necesitamos ayuda de nadie, pero los perros, a millones, pueblan nuestros hogares como reminiscencia de los milenios en que en gran parte dependimos de ellos. No obstante su aportaciones continuan siendo inestimables, preguntemos si no, a los pastores cuya labor sería casi imposible sin su colaboración, a los encargados de reastrear y salvar vidas humanas en las catástrofes, a los guardianes de haciendas, a las personas solitarias que encuentran en ellos amistad y compañía denegadas por seres de su misma especie.

Cuando surgen noticias como las de los últimnos días en que un perro ha atacado a humanos con resultado de muerte, la ira -comprensible- se ha apoderado de sectores de personas que de un plumazo prtenden eliminar físicamente por lo menos a ciertas clases de perros, olvidando o desconociendo la historia de su relación con la humanidad y culpando, por defecto, a quien es inocente, el can, sin analizar el papel que en los acontecimientos ha tenido el verdadero responsable, el humano.

Esto sería objeto de otro debate al que están invitados los amables lectores, cuyas aportaciones serán bien recibidas.

Capítulo I
Capítulo III
Escrito por Romulus
Volver... Hecho por villanos.net 1999 Seguir... . Subir...